
En un instante de holgazanería mental me puse a discutir conmigo mismo sobre qué día de la semana prefiero. Fue una discusión netamente subjetiva y digamos que influyó mucho el hecho de que lo pensé el día que más posibilidades tenía de ser elegido. Que se abstengan de concordar aquellos que prefieren los hechos antes que la ilusión de que sucedan. Digo esto porque el viernes es uno de esos días en que decís: ¿Qué pasará este fin de semana? Mas que nada por la razón de que durante la semana (salvo algunos casos a los cuales les tengo mucha envidia) uno vive inmerso en la monotonía, en la rutina diaria, vemos las cosas en forma cuadrada cuando en realidad la diversidad es total. Y ustedes pensarán: ¿Pero qué dice? Si el viernes es parte de esos cinco días “robotizantes”. Es cierto que -por lo menos durante el día- hacemos lo mismo que el resto de la semana, pero también es verdad que la predisposición es otra, las sonrisas ilusorias sobresalen y los pensamientos esperanzadores fluyen como mariposas que abandonan la crisálida (sí, lo tuve que buscar en Internet) y vuelan esperando encontrar la felicidad (básicamente, la reproducción) en un solo día de vida (y después nos quejamos).
Después llega el fin de semana y la suerte se convierte en una ruleta. Puede pasar de todo o no pasar nada. Como cuando es domingo y uno ruega para que no caiga el sol y cuando esto pasa, esa noche se convierte en una pre-etapa de la monotonía incesante.
Por eso el viernes es mi día preferido, es la oportunidad para que pase de todo y evitar que no pase nada. Sin embargo, aquellos que tienen esa ilusión todos los días de la semana se merecen mi respeto y sepan que en un futuro no muy lejano me va a pasar lo mismo.