Estado de pasividad absoluta. Rebeldía de pensamientos en protesta por la presión creativa. El estadio de las palabras se encuentra vacío, como ciudad en pleno feriado. Palabras vagas y descoloridas forman la corta fila, sin importar la presión, pero exentas de la jerarquía de sus superiores. Y el mandamás llora por la revolución, desespera ante la falta de poder y busca por doquier suplir su falta. Pero la sublevación es grande, las protestas llevan a la vulgaridad, y los resultados generan una indefectible pérdida.
El líder cae en desolación, se vuelve escéptico ante la solución e ignora la rebelión.
Ante la falta de atención, las subversivas pierden su valor y reclaman por recuperar prestigio. Pero el prestigio es trabajo y este con la huelga no se lleva nada bien. La elite de los vocablos comienza a ingresar al estadio a paso lento, con orgullo escondido y con miradas desapercibidas. El palco del cabecilla se encuentra vacío, húmedo por las lágrimas, escondido en sus blancas sábanas. Estas toman color, despiertan al soñador, quien bosteza con tranquilidad, sin prestar demasiada atención. Y la fábrica vuelve a funcionar, cada uno cumple su rol, sin sufrir la constante presión creativa.